Es una pregunta que me he venido haciendo a partir de las conversaciones que suelo mantener cuando intento desarrollar algún pensamiento, porque normalmente parto de una premisa, de algo que considero que puede ser cierto, que puede tener algún fundamento desde mi experiencia o desde lo que conozco, y a partir de ahí comienzo a cuestionarlo, a confrontarlo con otras interpretaciones, a buscar argumentos que puedan sostenerlo o que, por el contrario, me permitan reconocer que aquello que inicialmente consideraba válido quizás no lo sea tanto.

Y está bien, porque considero que el cuestionamiento es una parte fundamental del pensamiento, pero ¿hasta qué punto necesitamos profundizar en una idea antes de permitirnos afirmarla? ¿Y por qué tendría que ser necesariamente así? Porque también podríamos preguntarnos qué sucede con aquellas afirmaciones que parten de la experiencia de uno, de aquello que ha vivido, observado o comprendido a lo largo del tiempo, y si acaso esas experiencias no constituyen también una forma de conocimiento desde la cual podemos construir una argumentación.

Hay un problema en la manera en que solemos abordar las afirmaciones, sobre todo cuando intentamos llevarlas hacia una discusión, porque muchas veces pareciera que toda premisa tuviera que pasar por un escrutinio que no termina nunca, como si cada objeción que encontramos fuese necesariamente una demostración de que todavía nos falta profundizar. Pero ¿por qué? ¿Acaso toda objeción aporta realmente algo a la idea que estamos desarrollando? Porque una cosa es cuestionar una afirmación para reconocer sus contradicciones, sus limitaciones o incluso sus posibles errores, y otra muy distinta es continuar cuestionándola por el simple hecho de que todavía podemos formular nuevas preguntas. Y esto último me parece importante porque no necesariamente una idea se vuelve más sólida cuanto mayor es la cantidad de objeciones a las que la sometemos. Podemos profundizar muchísimo en un argumento y, aun así, terminar alejándonos de aquello que inicialmente intentábamos explicar.

Esto no significa, de ninguna forma, que debamos aceptar cualquier afirmación como válida por el simple hecho de que alguien la sostenga desde su experiencia. Sería absurdo. Hay opiniones que se construyen desde el desconocimiento, afirmaciones que se presentan como verdades sin tener siquiera un mínimo de fundamento y argumentos que, en vez de aportar a una discusión, terminan perjudicándola. Y considero que ahí también tenemos una responsabilidad, porque no podemos pretender hablar de cualquier tema sin conocer mínimamente aquello sobre lo que estamos hablando.

Si queremos cuestionar una obra, por ejemplo, lo mínimo sería haberla leído, comprender qué propone y desde dónde se construye su argumentación. No podemos coger una frase que encontramos en internet y, a partir de ella, elaborar toda una crítica como si conociéramos el pensamiento del autor. Pero una cosa es exigir ese mínimo de responsabilidad intelectual y otra es asumir que una afirmación necesita alcanzar un nivel de fundamentación prácticamente incuestionable antes de poder ser expuesta.

Y ahí es donde encuentro una contradicción que me parece especialmente interesante, porque si defendemos el pensamiento libre, si consideramos que las personas deben cuestionar aquello que reciben y construir sus propias interpretaciones, ¿por qué habríamos de intentar formular argumentos que no admitan cuestionamiento alguno? Cuando buscamos que una afirmación sea incuestionable, no solamente estamos intentando protegerla de sus posibles errores, sino que también podemos estar limitando la posibilidad de que alguien más la confronte, la interprete desde su propia realidad y construya una mirada distinta. Y no se trata de renunciar al rigor para que cualquiera pueda decir lo que se le venga en gana. Se trata de reconocer que una afirmación puede tener la suficiente solidez para ser discutida sin que por ello tenga que convertirse en una verdad absoluta.

Pero aquí habría que preguntarnos qué entendemos por esa solidez, porque tampoco podemos asumir que todas las afirmaciones requieren el mismo nivel de fundamentación, ni que toda reflexión personal deba responder a las exigencias de una investigación científica. Una cosa es formular una hipótesis que pretendemos someter a una comprobación empírica y otra es construir una interpretación a partir de nuestras experiencias, de aquello que hemos observado y de los conocimientos que hemos ido adquiriendo. Ambas requieren responsabilidad, pero sus propósitos son distintos, y parte de nuestro problema aparece cuando intentamos aplicar el mismo escrutinio a cualquier cosa que decimos, sin detenernos primero a comprender qué estamos intentando hacer con esa afirmación.

Pongamos un ejemplo. Yo podría considerar que hay personas que encuentran su realización profesional trabajando para una empresa y otras que la encuentran construyendo sus propios negocios. Que no hay necesariamente una trayectoria superior a la otra, porque una persona puede desarrollar una carrera extraordinaria dentro de una organización, asumir responsabilidades, alcanzar posiciones importantes y sentirse plenamente realizada, como otra puede construir una empresa, generar empleo, alcanzar una rentabilidad considerable y encontrar ahí su propósito. Y está bien. ¿Por qué tendríamos que establecer una jerarquía entre ambas posibilidades?

Ahora bien, seguramente aparecerá alguien que me diga que existen personas que trabajan para una empresa y, al mismo tiempo, desarrollan un emprendimiento. Y tendría razón. Pero ¿qué estaríamos cuestionando realmente? Porque si mi intención fuese construir una clasificación exhaustiva de todas las trayectorias profesionales, esa observación sería pertinente. Sin embargo, si lo que estoy cuestionando es la supuesta superioridad de una trayectoria sobre otra, introducir esa excepción no necesariamente afecta el argumento con el que partí.

Y esto nos lleva a algo fundamental. Una objeción bien formulada no es necesariamente una buena objeción. Podemos encontrar una excepción verdadera, construir una respuesta bastante elaborada e incluso demostrar que una determinada afirmación necesita alguna precisión, pero eso no significa que hayamos refutado aquello que su autor estaba intentando sostener. La objeción tendría que tener alguna relación con el núcleo del argumento y aportar algo que nos permita comprenderlo mejor, porque de lo contrario terminaremos discutiendo sobre aquello que se desprende de una afirmación y no sobre lo que realmente se está afirmando. Y así podemos continuar indefinidamente, formulando preguntas que producen nuevas preguntas, hasta llegar a un momento en el que ya no sabemos qué estamos tratando de responder.

Es como raspar una olla para sacar el arroz que ha quedado pegado en el fondo. Podemos seguir raspando porque todavía creemos que encontraremos algo, pero llegará un momento en el que ya no habrá arroz que sacar y, aun así, continuaremos raspando. ¿Para qué? Si aquello que buscábamos ya lo hemos encontrado o, en todo caso, hemos llegado a reconocer que no queda nada más que pueda servirnos.

Y algo parecido sucede cuando el cuestionamiento pierde su propósito, porque seguimos profundizando bajo la idea de que toda nueva pregunta necesariamente aportará algo, cuando quizás estamos comenzando a producir una argumentación cada vez más extensa, cada vez más profusa y, paradójicamente, menos útil para aquello que inicialmente queríamos desarrollar.

Aquí es donde encuentro pertinente otra analogía. Cuando necesitamos escribir con un lápiz, lo primero que hacemos es tajarlo para sacar la punta. Podemos hacerlo con mayor o menor precisión dependiendo de aquello que queremos realizar, porque no es lo mismo utilizar un lápiz para tomar apuntes que utilizarlo para producir un dibujo artístico que requiere trazos muy finos. En ambos casos necesitamos preparar el instrumento, pero esa preparación responde a una finalidad.

Ahora bien, imaginemos que comenzamos a tajar el lápiz buscando una punta cada vez más perfecta, convencidos de que mientras más fina sea, mejor escribiremos, y continuamos tajándolo hasta que prácticamente nos quedamos sin lápiz. ¿Qué hemos conseguido? Quizás hayamos dedicado muchísimo tiempo a perfeccionar la punta, pero no hemos escrito absolutamente nada.

Y es que la finalidad del lápiz no consiste en contemplar qué tan bien hemos conseguido afilarlo, sino en utilizarlo para escribir. Del mismo modo, la finalidad de cuestionar una idea no debería consistir únicamente en demostrar cuánto podemos profundizar sobre ella, sino en conseguir que ese cuestionamiento nos permita hacer algo con lo que estamos pensando.

Podemos necesitar un escrutinio más exigente cuando la naturaleza del trabajo lo justifica, y eso no está en discusión. Pero si aquello que buscamos es desarrollar una reflexión, proponer una interpretación o abrir una conversación, ¿por qué tendríamos que someter esa idea a una exigencia que quizás corresponde a otro tipo de trabajo? No toda posibilidad de profundización constituye realmente una necesidad de profundización, y creo que reconocer esa diferencia también es parte de nuestra capacidad para razonar.

Porque el rigor no tendría que medirse exclusivamente por la cantidad de preguntas que somos capaces de formular o por el número de objeciones que hemos conseguido responder. También debería contemplar nuestra capacidad para reconocer qué preguntas son pertinentes, cuáles afectan realmente el argumento y en qué momento hemos alcanzado una fundamentación suficiente para el propósito que perseguimos. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir el cuestionamiento en una actividad que se justifica a sí misma, donde siempre existe algo más que responder y donde cualquier conclusión parece prematura por el simple hecho de que todavía podemos encontrar otra pregunta.

Y no es que el pensamiento tenga que detenerse. Eso sería todavía más absurdo, porque una idea puede seguir desarrollándose después de haber sido formulada, como una interpretación puede cambiar cuando encontramos nuevos conocimientos o cuando alguien nos presenta un argumento que no habíamos contemplado. Pero una cosa es reconocer que el pensamiento permanece abierto y otra muy distinta es asumir que, por esa misma razón, una obra debe permanecer inconclusa.

Podemos terminar un ensayo sin haber agotado el tema del que trata. Podemos publicar una crítica y descubrir posteriormente que había una interpretación distinta que merecía ser considerada. Podemos sostener una afirmación y, después de una conversación, reconocer que necesitamos reformularla. Y nada de eso significa necesariamente que aquello que habíamos desarrollado careciera de valor.

De hecho, una de las fallas prácticas que solemos cometer cuando discutimos sobre determinados temas es intentar convertir nuestras experiencias particulares en afirmaciones universales. Partimos de aquello que hemos conocido, de las personas con las que hemos interactuado o de las situaciones que hemos experimentado y, sin advertirlo, terminamos construyendo una premisa que aparentemente debería ser válida para todos. Pero ¿por qué tendría que ser así? Que yo haya encontrado determinadas características en un grupo de personas no significa que esas mismas características se reproduzcan de manera idéntica en todas las demás. Y que una experiencia haya sido especialmente significativa para mí tampoco implica que deba producir las mismas conclusiones en otra persona.

Ahora bien, reconocer esa limitación no debería llevarnos a descartar la experiencia como una fuente desde la cual podemos desarrollar pensamiento. Lo que necesitamos es comprender sus alcances y hacernos responsables de aquello que efectivamente estamos afirmando.

Por eso suelo utilizar la palabra considero cuando formulo una posición. No porque esa palabra le otorgue automáticamente mayor legitimidad a lo que digo, sino porque me permite expresar que estoy construyendo un juicio desde aquello que conozco, desde las razones que he podido desarrollar y desde una interpretación de la que estoy dispuesto a hacerme responsable. Y esa responsabilidad no desaparece porque alguien discrepe conmigo. Al contrario, es precisamente ahí donde comienza una parte importante de la conversación, porque el desacuerdo puede ayudarnos a identificar aquello que no habíamos contemplado, pero también puede permitirnos reconocer que existen distintas interpretaciones sobre una misma cuestión y que no todas tienen necesariamente que concluir en una única respuesta.

Esto último no significa que cualquier interpretación tenga el mismo valor o que podamos refugiarnos en la subjetividad para evitar responder por nuestras afirmaciones. Hay hechos que no dependen de lo que nosotros queramos creer y hay argumentos que pueden ser refutados mediante evidencia suficiente. Pero también existen cuestiones en las que intervienen nuestras experiencias, nuestras valoraciones y la manera en que comprendemos el mundo, y es ahí donde debemos distinguir entre aquello que sabemos, aquello que suponemos y aquello que estamos proponiendo como una interpretación. No para restarle fuerza a nuestra argumentación, sino para reconocer desde dónde estamos hablando y qué es exactamente lo que pretendemos sostener.

Y aquí aparece una cuestión que me interesa especialmente, porque si toda afirmación tiene que enfrentarse a un escrutinio, también tendríamos que preguntarnos qué sucede con la autoridad desde la cual se formula. Solemos reconocer autoridad en determinadas personas por los conocimientos que poseen, por las experiencias que han acumulado, por las posiciones que ocupan o por la capacidad que tienen para argumentar sobre una materia. Sin embargo, esa autoridad no necesariamente se reproduce en todos los espacios ni tiene por qué otorgarles legitimidad para hablar de cualquier cosa. Podemos reconocer que alguien domina una disciplina y, al mismo tiempo, cuestionar una afirmación suya que consideramos equivocada. Y podemos encontrarnos con una persona que todavía no posee reconocimiento público, pero cuya interpretación nos permite comprender algo que no habíamos considerado anteriormente.

Por eso no creo que la autoridad intelectual deba entenderse como una condición que impida el cuestionamiento. Si reconocemos a una persona como autoridad y, a partir de ahí, asumimos que sus afirmaciones no pueden ser discutidas, estaríamos trasladando nuestro juicio hacia ella. Y esto me parece problemático porque entonces ya no estaríamos examinando el argumento, sino el prestigio de quien lo formula.

La autoridad puede ofrecernos razones para prestar atención, pero no debería reemplazar nuestra capacidad para determinar si aquello que estamos escuchando tiene fundamento, si resulta pertinente o si puede ser aplicado a la realidad que estamos intentando comprender. La autoridad intelectual de una persona no debería exigir la subordinación intelectual de quien la escucha.

Cuando abro un libro, por ejemplo, no necesariamente lo hago para aceptar las afirmaciones de su autor. Puedo encontrar una idea con la que estoy completamente de acuerdo, como puedo encontrar otra que me resulte discutible, o incluso una que considere equivocada y que, sin embargo, me permita desarrollar un pensamiento distinto. Porque cuestionar una obra no significa necesariamente intentar demostrar que su autor no sabía de qué estaba hablando. Podemos cuestionarla para adaptarla a nuestra realidad, para confrontarla con otra experiencia, para identificar una contradicción o simplemente porque alguna de sus afirmaciones nos ha permitido reconocer un problema que antes no habíamos contemplado. Y esa es una de las posibilidades más valiosas de la lectura.

En algún momento me encontré con un video en el que se afirmaba que el estoicismo era una mentira. Y aquella afirmación me descolocó, no porque automáticamente estuviera de acuerdo con ella, sino porque me llevó a preguntarme qué entendemos realmente por estoicismo y qué parte de aquello que hoy se presenta bajo ese nombre corresponde a la tradición filosófica y qué parte responde a la forma en que determinadas personas lo interpretan o lo comercializan. Porque si observamos la vida cotidiana, encontraremos que muchas personas asumen dificultades, reconocen situaciones que no pueden controlar y continúan viviendo sin que necesariamente hayan estudiado filosofía estoica. Eso no significa que el estoicismo carezca de valor, pero sí permite cuestionar la manera en que algunas de sus ideas son presentadas como si describieran capacidades completamente ajenas a la experiencia ordinaria del ser humano.

Y ahí está precisamente lo que me interesa de ese ejemplo. No necesitaba aceptar aquella afirmación para que la crítica me resultara valiosa. Tampoco necesitaba rechazar toda la filosofía estoica para reconocer que ese cuestionamiento había abierto una posibilidad de interpretación distinta. Podía estar en desacuerdo con su conclusión y, al mismo tiempo, utilizar aquello que había escuchado para cuestionar una forma particular de comprender el estoicismo. Y eso, para mí, es una muestra de lo que puede producir una obra cuando quien la recibe no se limita a aceptar o rechazar su contenido, sino que lo utiliza para desarrollar su propio pensamiento.

Porque una obra no debería aspirar necesariamente a que todas las personas terminen compartiendo la interpretación de quien la escribe. Puede cumplir una función mucho más importante cuando consigue que alguien se pregunte por aquello que hasta ese momento daba por sentado, cuando lo lleva a confrontar una idea con su experiencia o cuando le permite construir una posición que incluso puede ser completamente contraria a la del autor. Y eso no me parece una derrota de la argumentación. Por el contrario, una obra puede aportar mucho incluso cuando quien la lee termina rechazando aquello que propone, siempre que ese rechazo sea el resultado de una reflexión y no únicamente de la necesidad de demostrar que el otro está equivocado.

Por eso me interesa pensar la autoría como una posibilidad de abrir preguntas y no solamente como una forma de entregar respuestas. Porque si escribo una reflexión, un ensayo o una crítica, no necesariamente busco que alguien termine diciéndome que tengo razón. Lo que quiero es que pueda coger aquello que he planteado, llevarlo a su propia realidad, confrontarlo con lo que conoce y construir desde ahí una interpretación. Si considera que estoy equivocado, que lo argumente, que encuentre las contradicciones que yo no he encontrado y que, si corresponde, destruya la premisa con la que partí. Pero que la destruya para él, para construir su propia mirada, para que aquello que inicialmente fue una idea ajena termine convirtiéndose en una oportunidad para desarrollar su propio pensamiento.

Toma mi idea y destrúyela, pero destrúyela para ti. No porque necesites demostrar que puedes cuestionarme, ni porque toda afirmación deba ser refutada para considerarte una persona crítica, sino porque quizás aquello que estoy proponiendo te permita reconocer una posibilidad que antes no habías considerado. Puedes utilizar mi argumento como parte de aquello que consideras correcto, como un ejemplo de lo que no debería hacerse o como el punto de partida de una interpretación completamente distinta. Y si después de todo eso sigues considerando que mi afirmación no tiene fundamento, está bien. Pero que ese rechazo también tenga una razón, porque de lo contrario no estaríamos construyendo pensamiento, sino simplemente intercambiando afirmaciones que nadie se ha detenido a examinar.

Y esto nos devuelve al problema con el que comenzamos, porque si reconocemos que una obra puede abrir nuevas preguntas, que puede ser cuestionada y que incluso puede servir para construir una interpretación contraria a la que propone su autor, resulta contradictorio pretender que responda anticipadamente a todas las posibles objeciones. Hemos confundido la capacidad de defender una idea con la obligación de hacerla incuestionable, y esa confusión termina afectando tanto a quien escribe como a quien lee, porque el primero puede quedar atrapado en una profundización interminable, mientras que el segundo recibe una argumentación que parece haber sido construida para no dejar ningún espacio desde el cual intervenir.

Tampoco se trata de construir afirmaciones débiles para que resulten más fáciles de cuestionar. Una idea debe tener fundamento, y si queremos que contribuya a una conversación, necesitamos haber desarrollado mínimamente las razones que nos permiten sostenerla. Pero el propósito de esa fundamentación no debería consistir en eliminar cualquier posibilidad de rechazo, sino en ofrecer una base desde la cual la discusión pueda comenzar. Porque una objeción pertinente puede ayudarnos a fortalecer una premisa, mientras que otra puede demostrar que necesitamos abandonarla. Y ambas posibilidades forman parte del pensamiento. Lo que no tendría sentido es asumir que toda nueva objeción debe ser respondida antes de permitirnos concluir aquello que estamos desarrollando.

Por eso también necesitamos recuperar la capacidad de reconocer cuándo una idea ha alcanzado la profundidad suficiente para cumplir su propósito. No hablo de establecer un límite arbitrario al conocimiento ni de renunciar a seguir investigando, sino de comprender que no todas las preguntas tienen que resolverse dentro de una misma obra y que no toda posibilidad de profundización constituye una exigencia intelectual.

Podemos reconocer que existe una discusión pendiente sin necesidad de convertirla inmediatamente en otro apartado, como podemos identificar una limitación sin asumir que toda nuestra argumentación ha quedado invalidada. Y esa capacidad para distinguir lo indispensable de lo accesorio también debería formar parte del rigor con el que pensamos.

De lo contrario, terminaremos construyendo obras cada vez más extensas, cargadas de precisiones y reservas, donde la preocupación por anticipar las objeciones termine desplazando aquello que inicialmente queríamos comunicar. Podemos llegar a desarrollar una argumentación tan profusa que incluso resulte cansino leerla, no porque la profundidad sea perjudicial, sino porque habremos dejado de reconocer qué elementos realmente contribuyen a sostener la premisa y cuáles únicamente prolongan una discusión que podría desarrollarse en otro momento. Y eso también perjudica la lectura, porque una obra debería permitir que las ideas avancen, que una afirmación encuentre relación con la siguiente y que el lector pueda recorrer el pensamiento sin quedar atrapado en una sucesión interminable de aclaraciones.

Volvamos entonces al lápiz. Podemos tajar su punta hasta conseguir el trazo que necesitamos y comenzar a escribir, como podemos continuar tajándolo porque creemos que todavía podríamos obtener una punta más fina. Si estamos realizando un trabajo que exige esa precisión, tendrá sentido dedicarle mayor tiempo. Pero si lo que buscamos es escribir, llegará un momento en el que seguir afilándolo no aportará absolutamente nada a aquello que queremos hacer. Y lo mismo sucede con nuestras ideas.

Podemos cuestionarlas, confrontarlas y profundizar en ellas hasta encontrar una fundamentación suficiente, pero también necesitamos reconocer cuándo ese trabajo ha cumplido su finalidad, porque de nada sirve dedicar todo nuestro esfuerzo a perfeccionar una argumentación si finalmente nunca llegamos a expresarla.

Escribir también implica asumir que aquello que publicamos puede ser cuestionado, que algunas de nuestras interpretaciones pueden cambiar y que incluso podemos descubrir, con el tiempo, que ciertas afirmaciones no eran tan sólidas como inicialmente pensábamos. Pero eso no debería impedirnos construir una obra, siempre que hayamos sido responsables con aquello que decidimos afirmar. Una obra no tiene la obligación de agotar el tema que aborda, sino de sostener aquello que efectivamente afirma, y desde ahí permitir que otros continúen pensando, cuestionando o construyendo nuevas interpretaciones.

Porque al final no se trata de conseguir que nuestras ideas permanezcan intactas, ni de construir una autoridad desde la cual podamos determinar cómo tienen que pensar los demás. Se trata de aportar, de abrir posibilidades, de reconocer nuevos problemas y de ofrecer argumentos que puedan ser examinados por otras personas.

Habrá quienes estén de acuerdo, quienes discrepen y quienes encuentren en aquello que escribimos una pregunta completamente distinta de la que inicialmente queríamos plantear. Y está bien, porque si una obra consigue que alguien piense por sí mismo, incluso para rechazar aquello que propone, entonces habrá producido algo valioso.

Y es ahí donde vuelvo a preguntarme hasta cuándo debemos cuestionar una idea. Podemos volver a cuestionarla mañana, podemos encontrar una razón distinta pasado mañana y podemos incluso abandonarla cuando descubramos que estábamos equivocados. Pero si convertimos la posibilidad de seguir cuestionándola en una condición que nos impida formularla, entonces habremos terminado utilizando el pensamiento para impedirnos pensar.